"Hielo" de Jaime Andrés Ballesteros Aguirre

12.09.2022

De pronto empezó a jadear, a mostrar signos de asfixia, y cinco de los seis que estaban con él, dejaron de apretar sus curtidos fusiles.

─ ¡Aire... necesito aire!

Sus palabras desesperadas espantaron las de los demás, excepto en uno.

─ No necesita aire, lo que necesita es cumplir con matar a alguien.

Los cinco y el asfixiado miraron al sujeto que le negó el aire. Era el más viejo de todos en aquel desvencijado cuarto, y el que parecía contener enjaulada, entre las prematuras arrugas de su rostro, la suma de las preocupaciones de los siete.

El silencio que siguió interrumpió los ánimos y el conato de ahogo. Se escuchó el crujir de las papeletas con las que fueron sorteados sus nombres escritos, que algunos estrujaron con sus dedos. Llevaban días en ese pueblo sin pasiones políticas, ubicado en alguna parte del país escarmentado por haberse atrevido a revelarse.

─ ¿Usted ha matado a muchos, oficial? ─preguntó con cautela uno de ellos.

─ A todos los que han sentenciado a pararse al frente mío

─contestó el viejo prematuro con aire más cercano a la frustración que al orgullo.

─ Tenemos que confesarle algo oficial.

La expectativa se coló por los resquicios de los tablones de las paredes, y se miraron con alarma supersticiosa.

─ Yo aún no mato ─se aventuró a confesar otro.

Lejos de generar repudio entre hombres armados, contagió una esporádica sinceridad, y cada uno terminó confesando lo mismo: ninguno de los seis había matado aún.

─ ¡Pelotón de maricas! ─gritó el oficial.

─ Ningunos maricas, lo que somos es bien de malas.

La indebida respuesta trajo un hálito de infortunio. Todos hablaron. El oficial se enteró de que esos seis novatos del ejército regular, por asombroso que pareciera, ya habían coincidido por sorteo tres veces. Venían de apuntar sus fusiles a sentenciados, pero en las tres veces, justo en el momento en que apretarían el gatillo, sintieron algo, y luego, lo inesperado censuró la pólvora.

─ Es muy fuerte oficial, sería más fácil cumplir con disparar que tener que verlos caminar después, recordándome que pude haberles quitado la vida ─se quejó uno.

─ Es la mala suerte que nos persigue ─insistió otro.

─ Son los gitanos ─sorprendió un tercero─, son ellos los que traen la mala suerte... las tres veces en que no hemos podido disparar fueron en pueblos en donde los gitanos desarrapados acampan.

Se hizo de nuevo un drástico silencio, porque todos compartían una certeza: en este pueblo también acampan los gitanos con sus aparatos para olvidar los malos recuerdos.

El viejo prematuro enjauló una preocupación más en su recia cara. Además de la orden oficial de cumplir la ejecución que había llegado en el correo del día anterior, ahora, con la mañana sin despuntar, había sorteado un pelotón que estaba más cerca de oler a orines derramados en sus pantalones, que a pólvora disparada.

─ Esta vez no hay otra ─apuntilló el oficial─, les toca matar, porque ya una cuarta vez sin hacerlo sería traición.

Los seis, al unísono, tragaron saliva.

─ La clave es no sentir nada ─empezó el oficial─, todo sentenciado, antes del final, recuerda algún momento importante de su vida, y ese pensamiento lo siente el que le apunta... pero sepan que es un intento de enredar la muerte... por eso, si antes de disparar, sienten algo... ¡espántenlo!... porque si no se les salva el condenado.

El oficial señaló que ya era la hora, y mientras este fue por el sentenciado, los seis soldaditos salieron a cumplir su destino.

La procesión de los ocho avanzó por entre esas casas de un azul indefinible, desde donde provino el rumor del nombre del acusado: un tal coronel Aureliano Buendía. Al llegar al muro indicado, el condenado quedó de espaldas, con sus manos seguras en la cintura, mientras los seis del pelotón quedaron formados con sus manos temblorosas en los fusiles, rezando para no sentir nada. A la voz del oficial apuntaron, y por un momento creyeron que todo acabaría rápido.

Pero empezaron a sentir algo.

Tragaron saliva al unísono, porque no sabían cómo espantar ese calor repentino que les llegó a calentar el dedo en el gatillo.

Creyeron que el condenado estaba pensando en algo que hervía, pero, realmente, estaba pensando en... ¡hielo!

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Imagen: Obra de la pintora Rosa Salinero Rojas (Vitoria / Ciudad Real)